Trabajo, identidad y valor en la nueva economía
- Yvonne Franco

- hace 4 horas
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Históricamente, el empleo ha sido el eje gravitacional sobre el cual los individuos construían su sentido de identidad. La profesión definía estatus, pertenencia y trayectoria. Decir a qué se dedicaba alguien era, en muchos casos, suficiente para inferir su lugar en el mundo. Ese vínculo entre trabajo e identidad resultó funcional en una economía donde los recorridos laborales eran estables y las reglas del progreso estaban relativamente claras. Hoy, esa relación se ha vuelto más frágil.
Hablar de trabajo, identidad y valor en la nueva economía implica reconocer que el empleo ya no garantiza sentido ni permanencia. Muchas personas cumplen funciones productivas sin que eso se traduzca en reconocimiento, estabilidad o proyección. Al mismo tiempo, actividades que antes eran consideradas marginales o secundarias comienzan a generar valor simbólico y económico. El trabajo sigue siendo central, pero su significado se ha desplazado.
Este cambio se manifiesta en la manera en que las personas se relacionan con su actividad profesional. La identificación total con un rol laboral pierde fuerza frente a la necesidad de adaptarse, aprender y redefinirse. El valor ya no se construye únicamente desde el cargo o la función, sino desde la capacidad de integrar experiencia, criterio y lectura de contexto en lo que se hace.
En este escenario, la identidad deja de ser un dato fijo y se convierte en un proceso. Las trayectorias ya no son lineales ni acumulativas; son fragmentadas, intermitentes y, en muchos casos, híbridas. Esta fragmentación no implica necesariamente precariedad, pero sí exige una relación más consciente con el propio trabajo y con la forma en que se produce valor.
La tecnología acelera este desplazamiento. Al automatizar tareas y flexibilizar estructuras, debilita la asociación directa entre tiempo trabajado y valor generado. El resultado es una tensión creciente entre productividad y sentido. Trabajar más no siempre significa aportar más, ni sentirse más realizado. La pregunta deja de ser cuánto se trabaja y pasa a ser desde dónde y para qué.
Aquí emergen habilidades que no siempre se reconocen en los esquemas tradicionales. Capacidad de aprendizaje continuo, adaptación al cambio, pensamiento crítico y comprensión de sistemas complejos se vuelven claves para sostener valor en el tiempo. Estas capacidades no definen una profesión específica, pero atraviesan todas. Son las que permiten reconfigurar la identidad profesional sin perder coherencia.
Desde esta perspectiva, el valor personal deja de estar anclado exclusivamente al puesto o al ingreso. Se construye en la manera en que se participa en el entorno económico, en la calidad de las decisiones y en la capacidad de generar sentido en contextos cambiantes. El trabajo sigue siendo importante, pero ya no puede cargar solo con la tarea de definir quiénes somos.
La nueva economía pone en evidencia una transición silenciosa. El reconocimiento ya no proviene únicamente de la estabilidad, sino de la capacidad de evolucionar sin diluirse. Quien logra sostener una identidad flexible, pero con criterio, amplía sus posibilidades de participación y de creación de valor.
Comprender esta transformación es fundamental para individuos y organizaciones. Aferrarse a una definición rígida del trabajo conduce a frustración y desgaste. Leer el trabajo como un espacio dinámico, en cambio, permite reconstruir identidad y valor de manera más consciente.
En la nueva economía, el trabajo no desaparece como eje central de la vida social, pero deja de ser su único fundamento. El valor ya no se define solo por lo que se hace, sino por cómo se piensa, se aprende y se decide dentro de un entorno que exige algo más que permanencia.
Perspectivas Uno a Uno. Análisis y conversaciones para comprender los cambios de nuestro tiempo.


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